• Marcela Terrazas, Silvestre Villegas y Michael Brescia participaron en la sesión “¿Vecinos distantes? Ficciones y verdades en una relación bicentenaria (México-Estados Unidos, Siglo XIX)”, organizada por el CISAN y UNAM-Chicago
México es el primer socio comercial de Estados Unidos; ambos comercian 1.5 mil millones de dólares diarios; más de 80 por ciento de las exportaciones mexicanas no petroleras se dirigen a aquel país y menos de 16 por ciento de las estadounidenses ingresan al nuestro. La relación, desde sus orígenes, tiene que ver fundamentalmente con el territorio y, por tanto, con la frontera que comparten, la cual comprende más de 3 mil kilómetros.

Lo anterior, de acuerdo con la académica del Instituto de Investigaciones Históricas (IIH) de la UNAM, Marcela Terrazas y Basante, quien también refirió:

Con base en datos recientes del diplomático Arturo Sarukhán, 11 millones de mexicanos viven en Estados Unidos, cinco millones de ellos son indocumentados y, de acuerdo con información del Department of Transportation Customs and Border Protection, tan solo en 2019 cruzaron legalmente la frontera norte, en promedio, más de medio millón de personas, lo que demuestra que está fuera de duda la importancia del vínculo bilateral.

Al participar en el ciclo “Diálogos del Bicentenario de las relaciones diplomáticas México-Estados Unidos”, comentó: “son décadas en las que Estados Unidos y México son estados-naciones incipientes, y en las que se observa el avance por el control de los gobiernos en las regiones fronterizas”.

En la segunda sesión del encuentro, “¿Vecinos distantes? Ficciones y verdades en una relación bicentenaria (México-Estados Unidos, Siglo XIX)”, expuso que se observó entonces el avance de la colonización estadounidense, lo que fue avasallador; nuestro país, al igual que España, fue incapaz de poblar la frontera.

Otro ingrediente durante este periodo fueron los pueblos indios, nómadas y sedentarios, sobre todo los primeros: apaches y comanches, quienes constituyeron un factor poco estudiado en la región fronteriza y su impacto en las relaciones.

Durante su intervención, Silvestre Villegas Revueltas, también del IIH, mencionó que a la entrada de la Escuela Primaria Robb, en el poblado de Uvalde, Texas, donde recientemente ocurrió un incidente que dejó varios fallecidos, hay un letrero con la leyenda welcome y debajo de ese otro, en el mismo tamaño, pero con diferente tipografía, que dice: “bienvenidos”.

Esto hubiera sido impensable en 1900, cuando la segregación era la norma; hablar español era mal visto y se castigaba; además, los niños (estadounidenses de origen mexicano) de los campesinos no podían asistir a la escuela, añadió en el encuentro a distancia organizado por el Centro de Investigaciones Sobre América del Norte y la Escuela de Extensión UNAM-Chicago.

Actualmente, en la frontera mexicoamericana algunas situaciones han cambiado, como la mayor integración social y cultural. Sin embargo, en sentido opuesto, Texas y la frontera binacional siguen siendo zonas violentas por definición.

De 1868 a 1900 en los lindes entre ambos países se apreció cómo, después de sus respectivas guerras civiles e intervención extranjera, se fortaleció una ruta para definir y consolidar sus territorios nacionales.

“Durante esas tres décadas se vio a dos estados nacionales que cada vez se interrelacionaron. Se pasó de la supuesta frase lerdiana: lo mejor era el desierto, a los nudos ferrocarrileros en los dos Laredos, el correspondiente al Paso Texas, que a su vez conectaba al medio oeste americano con el ferrocarril que, vía Chihuahua, llegaba a la Ciudad de México”, argumentó.

En la zona fronteriza y los estados colindantes, abundó, los temas fueron: combate a la inseguridad en ambos lados del Río Bravo, migración de campesinos mexicanos –de ínfima condición social– y el problema de las enfermedades que pudiera traer ese fenómeno, junto con los intereses económicos de Texas, Tamaulipas, Nuevo León, Coahuila y Chihuahua.

A su vez, Michael Brescia, del Arizona State Museum, comentó que el siglo XIX fue un periodo de complejidad para explicar las diplomacias entre ambos países, una relación condicionada “por el cruce de las pesadeces del colonialismo europeo y las exigencias y dolores crecientes de la nueva nación, a partir de sus propios movimientos de independencia”.

Recordó que en 1899 la legación de Estados Unidos en México fue elevada a estatus de embajada, cuando Porfirio Díaz aceptó las cartas credenciales de Powell Clayton. Tras la invasión estadounidense, la pérdida de la mitad de territorio mexicano y la búsqueda ideológica del porfiriato de orden y progreso, se normalizó esa diplomacia a la luz de mayor integración económica.

La creación de la línea internacional que separaba a las dos naciones con marcadores fronterizos, sin muros o rejas, hizo que la economía de Estados Unidos se volviera un imán gigante que atraía a mexicanos en busca de nuevas oportunidades económicas, afirmó.

Junto con el crecimiento demográfico del norte mexicano y la entrada de capital, la frontera emergente vio el flujo y reflujo del comercio ilícito que incluía casas de juego, prostitución, armas y bebidas alcohólicas. “Hoy el narcotráfico no es algo nuevo, sus raíces se remontan a finales del siglo XIX; aunque la violencia que hoy lo acompaña y la amenaza existente para la sociedad civil, son nuevas y extremas a la vez”, aseveró.
De acuerdo con el experto, el tráfico ilícito existe por el apetito que tienen los estadounidenses por las drogas. Las recientes tragedias registradas en Nueva York y Texas nos recuerdan las consecuencias de una especie de militarización profundamente arraigada en la experiencia histórica de Estados Unidos.

Artículo recuperado originalmente de: https://www.dgcs.unam.mx/boletin/bdboletin/2022_456.html

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