• Uno de los hallazgos en la investigación realizada por un equipo de universitarios, encabezada por Isaac G. Santoyo y Elvia María Ramírez Carrillo, es que la salud depende de nosotros
    La dieta que seguimos tiene impacto profundo en la salud de la microbiota intestinal y del sistema nervioso y la comunicación entre estos, revela el estudio de un grupo de científicos universitarios encabezados por Isaac G. Santoyo y Elvia María Ramírez Carrillo, del Laboratorio de Neuroecología Cognitiva de la Facultad de Psicología (FP) de la UNAM.

El equipo de trabajo interdisciplinario, compuesto por las académicas Luisa Falcón Álvarez y Osiris Gaona Pineda, del Instituto de Ecología, campus Mérida; Oliver López Corona, del Instituto de Investigaciones en Matemáticas Aplicadas y en Sistemas; Olga Rojas Ramos, de la coordinación de Psicobiología y Neurociencias de la FP; y Javier Nieto Gutiérrez de esta Facultad, encontró que:

Una dieta con insuficiente ingesta de proteínas y lípidos de origen animal durante la niñez puede fomentar la pérdida de “antifragilidad” del organismo, lo que significa que pierde parte de su capacidad para responder ante cambios y perturbaciones.

En entrevista, Isaac G. Santoyo explicó que se ha explorado y comparado en el Laboratorio de Neuroecología Cognitiva las relaciones que existen entre la comunidad de microorganismos bacterianos que habitan en nuestro intestino, conocido como microbiota intestinal, y los estilos de vida de diferentes poblaciones mexicanas, como grupos indígenas de la Montaña Alta de Guerrero, la Biosfera de Huautla, Morelos, y de la Ciudad de México.

Investigamos cómo están moldeando las presiones ecológicas de nuestra biota intestinal y cómo actúan sobre diferentes funciones del organismo, principalmente estamos enfocados en evaluar el impacto del funcionamiento cerebral en diferentes etapas, indicó.

Los resultados publicados en la revista científica PLoS ONE indican que aquellos niños de una comunidad indígena “Me´phaa”, de la región de la montaña alta en Guerrero, que consumían más proteínas y grasas animales mostraron mejora significativa en la conectividad cerebral, especialmente en oscilaciones cerebrales importantes para funciones cognitivas, como el proceso atencional y la inhibición de distractores.

Aun cuando la composición general de la microbiota intestinal era similar en los infantes, aquellos con más consumo de proteínas y grasas animales mostraron mayor conectividad de su microbiota intestinal. Esto sugiere que el tipo de dieta es clave para la comunicación interna, más allá de la cantidad de microorganismos presentes.

“Este paralelismo encontrado es un paso importante para entender que no puede haber un cerebro sano si no hay una microbiota intestinal sana, de tal forma que el significado de una buena dieta debe ir más allá de contar calorías o nutrientes y se debe considerar la salud de la microbiota intestinal”, destacó.

Antifragilidad

En su oportunidad, Ramírez Carrillo, investigadora posdoctoral en el Laboratorio de Neuroecología Cognitiva, experta en sistemas complejos, en redes y minería de datos, dijo que se valieron de estas herramientas para entender algunas interacciones entre el cerebro y la microbiota intestinal, que ayudan a expandir las nociones tradicionales de los estados de salud y enfermedad de estos dos sistemas.

Al explicar en qué consiste el término de “antifragilidad”, mencionó que esta es una propiedad fundamental de los sistemas complejos, aquellos que a través de las interacciones entre sus diferentes componentes logran autoorganizarse, muchas veces al hacer emerger comportamientos nuevos, que les confieren capacidades de adaptación y así logran responder a los cambios y perturbaciones del medio.

En salud, los sistemas vivos logran soportar las perturbaciones, incluso llegan a beneficiarse de ellas, por lo que son antifrágiles. Por el contrario, los frágiles se dañan o incluso se rompen. Un caso intermedio son los robustos o resilientes, que no se afectan o únicamente se dañan temporalmente, pero no se favorecen de la perturbación.

Por ello, continuó, la microbiota intestinal es un ecosistema que en salud es antifrágil. Una manera aproximada de estimar esto es estudiar que tan bien se transmite la información mediante la red ecológica de la microbiota, a través de la medición de su conectividad. Una red mejor conectada es capaz de transferir información necesaria para responder a los estresores de forma rápida y eficiente.

“No solemos pensar que lo que estamos eligiendo para comer nos afecta como un todo. Nuestro trabajo nos demuestra que a través de la dieta podemos alterar la salud de nuestra microbiota, la cual, a su vez, mediante el eje intestino-cerebro afecta todas nuestras funciones cognitivas. Es decir, que debemos comer no solo contando calorías o nutrientes, sino pensando también en nuestra microbiota, lo que genera una perspectiva de salud integral”, detalló.

Todo esto, agregó, se ha ligado con el cambio de alimentación que hemos tenido sobre todo en la ciudad. Por ejemplo, antes de la refrigeración en los hogares, se tenían diversos mecanismos para almacenar y preservar alimentos, distintos procesos de fermentación que hemos perdido en las urbes y que los proveían de forma cotidiana de probióticos y prebióticos, buenos para la salud de la microbiota intestinal.

Propuestas

Proyectar, pensar en rubros como la cognición, la conducta animal o humana, incluso como la conectividad en el sistema nervioso de una forma aislada es inexacto, ahora este panorama nos empieza a enseñar que los microorganismos que conviven y han evolucionado con el ser humano desde el origen como especie, son fundamentales para su salud, indicó el especialista.

“No solo me refiero a procesos de enfermedades crónicas degenerativas como Alzheimer, Parkinson, sino a procesos de estado de ánimo como la depresión, el estrés, la ansiedad y que esta comunicación no es unidireccional, sino que las bacterias modulan el sistema nervioso, y los estresores ambientales que tenemos del día a día tienen la capacidad de establecer presiones ecológicas sobre las bacterias”, subrayó.

Se creía anteriormente, mencionó G. Santoyo, que los aminoácidos esenciales eran los que se adquirían en la dieta, ahora se observa que varias de las bacterias intestinales sintetizan triptófano, que es la base de la serotonina, también producen otros neurotransmisores fundamentales como GABA, DOPA, etcétera, tanto que cada día hay más evidencia de que los procesos del sistema nervioso, la salud mental, son explicados mediante esta comunicación con nuestros microorganismos.

“Esto nos da una revolución brutal: antes se consideraba que los factores hereditarios eran el principal factor que iban a determinar las enfermedades; con esto vemos que quizá la connotación genética hereditaria tiene menor peso, y lo que tiene mayor incidencia son estas correlaciones, interacciones multiecosistémicas con otros microorganismos, y eso nos da un peso a nosotros, es decir, la salud depende de nosotros”, destacó.

El también integrante del Sistema Nacional de Investigadores afirmó que las políticas de salud pública deberían considerar este conocimiento que se genera a partir de la ecología microbiana intestinal, “porque es una herramienta que nos puede dar muchas soluciones que no tenemos actualmente, por lo práctico de la inoculación por ejemplo a través del consumo de probióticos (naturales), lo que podría dar solución a uno de los países con la mayor tasa de enfermedades crónico-degenerativas de cualquier índole”.

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https://www.dgcs.unam.mx/boletin/bdboletin/2023_702.html

Artículo recuperado de: https://www.dgcs.unam.mx/boletin/bdboletin/2023_702.html

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